Como cuando temes quedarte dormido
Y finges sufrir de insomnio.
Como cuando miras fijamente por la ventana
pero no te das cuenta si las cortinas estaban cerradas.
Como cuando despiertas temblando
y crees haber tenido pesadillas.
Las cortinas están cerradas,
la pesadilla ya terminó
vuelve a acostarte mi niño, que yo me quedaré contigo.
viernes, 18 de mayo de 2007
jueves, 3 de mayo de 2007
¿Quieres jugar conmigo?
Un niño con una pelota en la mano le pregunta a su papá, mientras él ve las noticias en la noche después de un duro día de trabajo.
¿Quieres jugar conmigo?
Le dice un anciano a su nieto con una baraja de cartas en la mano.
¿Quieres jugar conmigo?
Una chica en ropa interior le pregunta a su novio, cuando él entra en la habitación, al llegar de la calle.
El papá está pensando que la relación de quince años con su esposa (la mamá del niño de la pelota), no va bien y va a conversar con ella esta noche para decirle que cree que sería bueno separarse por un tiempo.
El anciano va todas las tardes a la habitación de su nieto de 17 años, para preguntarle si quiere jugar cartas con él, desde hacer varios meses, pero hasta ahora nunca han jugado. Esta tarde van a jugar dos partidos de casinos y uno de poker.
El novio de la chica que lleva puesta un lindo conjunto de ropa interior rosado conoció hace dos semanas a una chica en una reunión, y hoy la invitó a salir. Ella dijo que si.
No todas las historias pueden tener en un final feliz.
Un niño con una pelota en la mano le pregunta a su papá, mientras él ve las noticias en la noche después de un duro día de trabajo.
¿Quieres jugar conmigo?
Le dice un anciano a su nieto con una baraja de cartas en la mano.
¿Quieres jugar conmigo?
Una chica en ropa interior le pregunta a su novio, cuando él entra en la habitación, al llegar de la calle.
El papá está pensando que la relación de quince años con su esposa (la mamá del niño de la pelota), no va bien y va a conversar con ella esta noche para decirle que cree que sería bueno separarse por un tiempo.
El anciano va todas las tardes a la habitación de su nieto de 17 años, para preguntarle si quiere jugar cartas con él, desde hacer varios meses, pero hasta ahora nunca han jugado. Esta tarde van a jugar dos partidos de casinos y uno de poker.
El novio de la chica que lleva puesta un lindo conjunto de ropa interior rosado conoció hace dos semanas a una chica en una reunión, y hoy la invitó a salir. Ella dijo que si.
No todas las historias pueden tener en un final feliz.
Introspección simple
Soy la niña que juega sola,
que va con dos colas en los cabellos
que respira con la boca abierta
que se pone medias disparejas
que se tropieza con todo
que se muerde las uñas a ocultas
que no salta ni corre porque no es necesario
que juega a ser hija de su muñeca
que bota la leche por el drenaje
que se ensucia siempre que come
y que no le teme a los fantasmas.
Soy la mujer que habla sola,
que hace bulla con sus botas
que siempre llega tarde
que mira cuando habla
que se maquilla por las mañanas
que camina despacio para no caerse
que usa gel para peinarse
que escribe en su mano para no olvidarse
y que prende la lámpara antes de acostarse.
Soy la niña que juega sola,
que va con dos colas en los cabellos
que respira con la boca abierta
que se pone medias disparejas
que se tropieza con todo
que se muerde las uñas a ocultas
que no salta ni corre porque no es necesario
que juega a ser hija de su muñeca
que bota la leche por el drenaje
que se ensucia siempre que come
y que no le teme a los fantasmas.
Soy la mujer que habla sola,
que hace bulla con sus botas
que siempre llega tarde
que mira cuando habla
que se maquilla por las mañanas
que camina despacio para no caerse
que usa gel para peinarse
que escribe en su mano para no olvidarse
y que prende la lámpara antes de acostarse.
¿Tienes algo de pegamento?
No, pero tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Hace algunos años solía ir a la librería cada vez que cobraba mi sueldo, para comprar un ciento de hojas bond. Salía del banco presurosa y ansiosa después de cobrar mi cheque y me iba directamente a la librería, ahí me quedaba un largo rato porque le preguntaba a la señorita que atendía, qué tipo de hoja era de mejor calidad, y ella me mostraba, muchas marcas y muchos tipos, hasta que finalmente siempre elegía la misma marca; entonces llevaba el paquete a mi casa, habría la puerta con las llaves que siempre se refundían al fondo del bolso y que se escurrían por entre mis dedos al tocarlas, saludaba con un beso mamá y con otro a papá, ellos sabían que había cobrado ese día cuando me veían entrar sonriente y me sentaba en el mueble de la sala sin cambiarme la ropa de todo el día; acercaba la mesita de centro, arrimaba los adornos de cerámica y ponía el gran paquete de cien hojas bond encima, lo abría y lo olía (como cuando compraba un libro nuevo), luego tocaba las diez primeras hojas de manera que pudiera sentir la buena calidad. Después de terminar con el clásico ritual, guardaba las hojas en el paquete, lo cerraba y lo dejaba sobre el escritorio de mi habitación, como diciendo “mañana a penas me levante, lo primero que voy a hacer es sentarme a escribir”, pero el paquete de hojas se quedaba ahí, intacto por varios días, hasta que decidía que estaban estorbando en el momento de sacar las cuentas, luego las ponía encima o al costado de todos lo demás paquetes de hojas comprados en los fines de mes anteriores.
Siempre que entraba a mi habitación evitaba mirar todos esos paquetes de hojas, empilados en la parte inferior de mi biblioteca, junto a los fólderes llenos de separatas que “algún día me iban a servir”, y evitaba mirarlos porque me recordaban todas las cosas que algún día había deseado hacer con todas las fuerzas que era capaz de sentir, pero que nunca me había atrevido a hacer, por eso tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Cuando alguien entraba y me preguntaba para qué tenía esa cantidad de hojas ahí, siempre pensaba “le voy a decir la verdad; que compro un ciento de hojas cada fin de mes, que las huelo, que las toco y que las siento, pero que nunca las escribo”; sin embargo, finalmente siempre terminaba diciendo que estaba juntando hojas para donarlas a los niños pobres que iniciaban las labores escolares pronto, y eso decía una y otra vez, en febrero, en junio y en septiembre. A veces siento que cuando decía eso, realmente lo creía, porque no sentía ningún remordimiento al mentir, pero creo que era porque prefería la mentira que la vergüenza.
Me parece que hay algo de pegamento en el cajón de esa cómoda, puedes tomarlo si lo necesitas.
No, pero tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Hace algunos años solía ir a la librería cada vez que cobraba mi sueldo, para comprar un ciento de hojas bond. Salía del banco presurosa y ansiosa después de cobrar mi cheque y me iba directamente a la librería, ahí me quedaba un largo rato porque le preguntaba a la señorita que atendía, qué tipo de hoja era de mejor calidad, y ella me mostraba, muchas marcas y muchos tipos, hasta que finalmente siempre elegía la misma marca; entonces llevaba el paquete a mi casa, habría la puerta con las llaves que siempre se refundían al fondo del bolso y que se escurrían por entre mis dedos al tocarlas, saludaba con un beso mamá y con otro a papá, ellos sabían que había cobrado ese día cuando me veían entrar sonriente y me sentaba en el mueble de la sala sin cambiarme la ropa de todo el día; acercaba la mesita de centro, arrimaba los adornos de cerámica y ponía el gran paquete de cien hojas bond encima, lo abría y lo olía (como cuando compraba un libro nuevo), luego tocaba las diez primeras hojas de manera que pudiera sentir la buena calidad. Después de terminar con el clásico ritual, guardaba las hojas en el paquete, lo cerraba y lo dejaba sobre el escritorio de mi habitación, como diciendo “mañana a penas me levante, lo primero que voy a hacer es sentarme a escribir”, pero el paquete de hojas se quedaba ahí, intacto por varios días, hasta que decidía que estaban estorbando en el momento de sacar las cuentas, luego las ponía encima o al costado de todos lo demás paquetes de hojas comprados en los fines de mes anteriores.
Siempre que entraba a mi habitación evitaba mirar todos esos paquetes de hojas, empilados en la parte inferior de mi biblioteca, junto a los fólderes llenos de separatas que “algún día me iban a servir”, y evitaba mirarlos porque me recordaban todas las cosas que algún día había deseado hacer con todas las fuerzas que era capaz de sentir, pero que nunca me había atrevido a hacer, por eso tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Cuando alguien entraba y me preguntaba para qué tenía esa cantidad de hojas ahí, siempre pensaba “le voy a decir la verdad; que compro un ciento de hojas cada fin de mes, que las huelo, que las toco y que las siento, pero que nunca las escribo”; sin embargo, finalmente siempre terminaba diciendo que estaba juntando hojas para donarlas a los niños pobres que iniciaban las labores escolares pronto, y eso decía una y otra vez, en febrero, en junio y en septiembre. A veces siento que cuando decía eso, realmente lo creía, porque no sentía ningún remordimiento al mentir, pero creo que era porque prefería la mentira que la vergüenza.
Me parece que hay algo de pegamento en el cajón de esa cómoda, puedes tomarlo si lo necesitas.
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