¿Tienes algo de pegamento?
No, pero tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Hace algunos años solía ir a la librería cada vez que cobraba mi sueldo, para comprar un ciento de hojas bond. Salía del banco presurosa y ansiosa después de cobrar mi cheque y me iba directamente a la librería, ahí me quedaba un largo rato porque le preguntaba a la señorita que atendía, qué tipo de hoja era de mejor calidad, y ella me mostraba, muchas marcas y muchos tipos, hasta que finalmente siempre elegía la misma marca; entonces llevaba el paquete a mi casa, habría la puerta con las llaves que siempre se refundían al fondo del bolso y que se escurrían por entre mis dedos al tocarlas, saludaba con un beso mamá y con otro a papá, ellos sabían que había cobrado ese día cuando me veían entrar sonriente y me sentaba en el mueble de la sala sin cambiarme la ropa de todo el día; acercaba la mesita de centro, arrimaba los adornos de cerámica y ponía el gran paquete de cien hojas bond encima, lo abría y lo olía (como cuando compraba un libro nuevo), luego tocaba las diez primeras hojas de manera que pudiera sentir la buena calidad. Después de terminar con el clásico ritual, guardaba las hojas en el paquete, lo cerraba y lo dejaba sobre el escritorio de mi habitación, como diciendo “mañana a penas me levante, lo primero que voy a hacer es sentarme a escribir”, pero el paquete de hojas se quedaba ahí, intacto por varios días, hasta que decidía que estaban estorbando en el momento de sacar las cuentas, luego las ponía encima o al costado de todos lo demás paquetes de hojas comprados en los fines de mes anteriores.
Siempre que entraba a mi habitación evitaba mirar todos esos paquetes de hojas, empilados en la parte inferior de mi biblioteca, junto a los fólderes llenos de separatas que “algún día me iban a servir”, y evitaba mirarlos porque me recordaban todas las cosas que algún día había deseado hacer con todas las fuerzas que era capaz de sentir, pero que nunca me había atrevido a hacer, por eso tengo miles de papeles que alguna vez pensé escribir, y que por temor a empezar mal, nunca escribí.
Cuando alguien entraba y me preguntaba para qué tenía esa cantidad de hojas ahí, siempre pensaba “le voy a decir la verdad; que compro un ciento de hojas cada fin de mes, que las huelo, que las toco y que las siento, pero que nunca las escribo”; sin embargo, finalmente siempre terminaba diciendo que estaba juntando hojas para donarlas a los niños pobres que iniciaban las labores escolares pronto, y eso decía una y otra vez, en febrero, en junio y en septiembre. A veces siento que cuando decía eso, realmente lo creía, porque no sentía ningún remordimiento al mentir, pero creo que era porque prefería la mentira que la vergüenza.
Me parece que hay algo de pegamento en el cajón de esa cómoda, puedes tomarlo si lo necesitas.
jueves, 3 de mayo de 2007
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